15 marzo 2012

El detective del sillón

Despertó liviano. Preparó el desayuno rápido de siempre y se sentó como siempre frente al televisor, salpicando migajas. A la misma hora se levantó y cruzó la puerta del baño que como siempre, dejó abierta . Era un día repetido pero diferente.  Un motor cercano lo sacó de la rutina y provocó un antojo de ventana indiscreta. Dos siluetas. Una femenina, no había duda, aunque él no supiera realmente por qué. La segunda era de un hombre con muletas. "Estatura promedio y complexión mediana"- pensó rápidamente mientras sonreía con el recuerdo del programa de detectives de la noche anterior.

"Eran dos, el carro era oscuro y no, no pude distinguir el color exacto. Tardaron un par de minutos en bajarse  y entrar". Se sirvió una tercera taza de café mientras descubría su improvisada narración de programa de televisión de misterios imposibles resueltos. Se acomodó el elástico que le ceñía el abdomen y retrocedió a su sillón, recordando su torpe descripción detectivesca.

Lento, siempre le gustó sentarse lento, hasta el último instante en que el peso de todo su cuerpo caía por completo, de un solo golpe, vaciando de aire el sillón. Ese último golpe se detuvo antes de derramar su humanidad. Un pequeño sonido metálico. Parpadeó. Tragó saliva y se escucho repitiendo: "Eran dos..."

Parálisis

Se quedó ahí,
perdido detrás de la pantalla,
debajo de ella
a un lado
de lado
cabizbajo
sucio
opaco
como utensilio plástico venido a menos.

16 febrero 2012

Rompiendo el grito para transgredir el miedo.

Despertaste hoy, gritando. Tu sueño se nubló con armas, con pistolas dijiste y no sé si facilmente evocás un AK47 (como yo) o tu imaginación inventa alguna otra arma de las que hayás visto.  Te abracé. Te abrazamos. Sentimos miedo todos.

A la misma hora, en España, la hija de mi mejor amigo se ducha tranquilamente mientras su papi le lee un cuento. Ellos no oyen balas. Para ellos ha de resultar extraño que gente en otro mundo haga dinero hurtando paz.

No es justo. Yo nunca quise que tus noches tuvieran la normalidad de una ráfaga lanzada al viento, ahí en la lejanía, como soundtrack cotidiano. Yo nunca quise que el caminar de tu mano, tratando de disfrutar tu compañía fuera mientras evito peligros, mientras recorro otras calles, mientras estaciono distinto, mientras me aseguro de que tu puerta tenga llave.

Saltamos charcos, pero nuestros charcos son de miedo.
Pretendo evitar estas ganas de salir corriendo cómo sea y a dónde sea, antes de que el terror nos encuentre por casualidad, pero lo pienso y me quedó.

Me quedo por que me gusta este aire. Me quedo por sentimental. Pero quiero vivir aquí y quiero que sea justo y que un día vos podás caminar en la calle tranquilamente, podás sentarte nuevamente en la acera, solo a ver la gente pasar mientras tu pensamiento reposa, como lo hacía yo, o que lo hagás a tu manera, cómo vos querrás, como sea, pero sin miedo.

Me quedo. Intento transgredir el miedo y busco celebrar lo bueno, la vida. Me refugio en nuestro refugio y salgo a la calle con el paso firme, para convencerme que tengo el derecho de hacerlo y retar al miedo. Es la única forma de vivir, es la única forma de ganarle a la angustia y dejar esta paranoia impalpable un poco desprotegida, restarle el alimento y mirar de frente. No acepto el miedo, no es normal. Caminemos por ese grito y rompámoslo juntas, que no se implante, que huya él de aquí.

14 febrero 2012


Compañero: ya sabe que no me gusta ser cursi. Pero usted, compañero, usted hace la vida bonita. Usted que se levanta temprano un día sí y otro no para compartir las desveladas, usted que se inventa las comidas más ricas cuando el refri está vacío, usted que es tan usted viviendo conmigo que soy tan yo. Usted compañero, que comparte igual una idea, que una cursilería, que una caricia, que una palabra, que una foto, que un día, que una noche, que un silencio. Usted compañero, que no necesita 14 de febrero, para usted este abrazo y este beso y este amor.

08 febrero 2012

Aq´ab´al

Hoy es Aq´ab´al, la luz deja atrás la oscuridad y el miedo. Hoy duermo bien, los fantasmas se quedaron atrás. No cuido tu cintura de noche, no despierto para buscar al demonio que se mete bajo las sábanas para hurgar cuerpos inocentes, no callo ningún grito, no despierto, no sueño querubines con el rostro torcido en una falsa felicidad eterna, no siento sed, el insomnio no termina con mi descanso, mis pensamientos quedan en paz, el miedo se mudó de cama, la mirada extraña no se posa en mi cuerpo ni cerca del tuyo, no tengo ninguna culpa que lavar en padrenuestros, mi mirada es poderosa y puede posarse en cualquier par de ojos, incluso en aquellos que me hicieron daño.
Hoy es Aq´ab´al.
Bienvenida la luz, por siempre.

22 diciembre 2011

Parcela 33

Fue el año de la caída de Arbenz, en el 54. Don Santiago sembró la idea, como tantas otras que le heredó.
17 años tenía de edad y tres trabajando con él. Mecánico, piloto, auxiliar para lo que se ofreciera. Viajes a la costa, para vigilar la cosecha de algodón. De regreso al altiplano, para hacer lo propio con el café. En la casa grande, cuidando las ocasionales borracheras de don Santiago.

La rutina iniciaba antes que el sol se pusiera y terminaba mucho después.  Los días se sucedían inmediatos. El trabajo no dejaba tiempo al disfrute, no había más que ocupar las manos: -cada minuto es un kilómetro- repetía don Santiago, aún con pie en tierra. Anticiparse era la tarea más importante y aquella en la que encontró mayor éxito.Don Santiago aprobó su esfuerzo y lo admitió en la casa grande en las horas de comida, lo adoptó como confidente y sin querer, le sembró una ruta: independencia.

En plena reforma agraria, don Santiago se acercó con una noticia: -Vos estás joven, yo miro que tenés ganas de trabajar - dijo con su acento catalán  -Vas a casarte-.
La sorpresa lo dejó frío, pero don Santiago no era hombre de misterios y con pocas palabras le explicó que estaban regalando tierra en la costa, pero debía tener familia. -Algunos alcaldes son mis amigos, de eso no te preocupés. No vas a poder sembrar algodón, pero es tierra y la tierra vale- le aseguró.

Convencido por la tenacidad del viejo, aceptó. 17 años, casado con Marianela Galindo, originaria de Cuilco, Huehuetenango. Nunca la conoció.

Don Santiago planificó el viaje a la costa, muy a propósito de la distribución de tierra. "El Rosario" decía el acta, parcela 33.  Los planes incluían tomar posesión de la tierra, aprovecharla y trabajar cada hora libre sembrando conacaste y cedro. Siete años después, la parcela estaría en total producción.
Los papeles se redactaron. Las actas se firmaron. Los sellos dieron fe. La gente empezó a acercarse.

Llegaron primero solos, con cara de amigos, pretendiendo hacer un favor. -Usted está joven, piénselo bien. Los que reciban la parcela, al otro día se van al cielo, eso dicen-

Después llegaron en grupo, vigilantes siempre de encontrarle solo.

El rumor se hizo tan grande que terminó por acabar con la ilusión de una parcela propia. Se lo dijo a don Santiago esa noche: - Le agradezco la intención, pero si voy a tener algo, va a ser porque me cueste. No quiero nada regalado, porque se va entre los dedos-. No le dijo de las amenazas, de todas formas el matrimonio de mentiras no lo dejaba en paz.

Don Santiago sonrió, reconociendo sus palabras en el muchacho.  -Sólo necesito que me arregle la cédula- dijo, con la tez morena encendida en llamas. -No te preocupés- respondió don Santiago, satisfecho de tenerlo otra vez a su servicio.  -¿y ella?- preguntó el muchacho- ¿está de acuerdo?  Don Santiago aspiro una bocanada de humo, lo miró a los ojos y calló.  Poco tiempo después le explicó, usando el mínimo de palabras posible, que lo había casado con una difunta. 

La parcela 33 quedó en la costa, junto al recuerdo de Marianela. Ambos se hicieron humo.


13 diciembre 2011

Nada

Abro los ojos.
No veo nada, solo oscuridad.

Quiero moverme.
No me siento.

Aspiro.
El aire no huele a nada.
Es simple aire, sin viento.
No lo siento, no lo necesito, no respiro.

Todo está en calma.
Abro un poco más los ojos.
Intento mi truco de niña, jugando a gato para asustar a la oscuridad.
No funciona.
No hay luz
No hay movimiento
No hay nada.

Intento recordar.
Dormí.
Me despedí con un beso, cerré el libro y apagué la luz.
Era una noche muy oscura.
Recuerdo que la almohada me molestaba, giré un poco y me dormí sin sueños.
Luego, desperté aquí.

Entiendo que es un espacio pequeño, porque no puedo moverme.
Tampoco puedo hablar.
Pronuncio frases, palabras... grito, pero todo se queda en mi cabeza.
No me encuentro la boca, no tengo manos para encontrarme.

Ya pasaron varias horas y no entiendo por qué nadie me despierta.
Otro mal sueño.
¡Muévanme!

Cuando tengo pesadillas funciona, despierto con un sonido gutural prendido en la garganta y la boca seca.

El reloj está mudo y todos aquí están sordos.

No hay frío.
Tampoco calor.
Solo tiempo,
solo yo.

Aguardo.
¿Me oyen? ¡Levántense!
Nada.

Pensamientos. Segundos. Minutos. Horas.
Oscuridad
Todo quieto.

Intento prestar atención, quiero descubrir un haz de luz. Uno solo.
¡Hablen, carajo!

Nada.

Intento moverme.
No puedo.
No siento mi peso. Nada me roza.
Parece como si de repente todo se hubiese congelado, menos mi mente.
¡Mierda!

Cierro los ojos.
La misma oscuridad de fuera, es la que tengo por dentro.
Me fuerzo a dormir.
Es imposible.
Estoy aquí, ¿no pueden verme?

Me hundo en un recuerdo. Me invento una historia.
Tal vez, sí, tal vez me pierda en los detalles y vuelva a dormir.

Es tarde.
A esta hora el café ya debió soltar su aroma.
No lo siento.
Falta poco para que despierten y yo con ellos.

Alguien se mueve.
Escucho voces.
¿Por qué hablan tan bajo?
¡Respondan!

¿Por qué callan?
¿Por qué me dejan aquí?
¡No se vayan!
!Estoy viva, carajo!

21 octubre 2011

Gris incompleto

Hoy amanecí con un dolor en la vida, que no me deja.  Tengo dos días que sueño raro... aunque no sé si es sueño o recuerdo.

Trato de estirar el día de ayer lo más que puedo, pero se me escurre entre las manos y tengo que despertar a este hoy que no deseo. 

Me levanto y empiezo esta rutina acostumbrada de engarzarme al sistema que rechazo por antinatural, tratando de no cortar mis raíces y quedarme prendida a lo que quiero. 

Reviso como todos los días los titulares de los diarios, como parte de mi rutina y página a página me va creciendo este dolor dentro. 

Camino por la mañana para pedir ayuda para seres invisibles que no conozco, pero que siento que me gritan.  Me topo con un muro de indiferencia burócrata que no se mueve, que se volvió gris a pesar de aparentar ser humano.

Sigo caminando, busco, palpo, tratando de encontrar algo de qué asirme y llego al semáforo.  El payasito de siempre me llega a la pupila, otra vez.  Ayer no pude dejarle nada, no traía.  Hoy sí.  Busco tratando de ganarle la carrera a la luz verde y le extiendo unas monedas que me dan vergüenza.  Siento un pequeño roce helado y el corazón se me arruga.

No sé cuándo me empezó a crecer este torrente dentro.  No fue en las clases de economía, tampoco en las de pobreza.  Creo que el sol me derritió el hielo por dentro.

Sigo caminando.  Veo a la cajera del banco, su rudeza y la sonrisa ensayada en juego con el uniforme nuevo.  Me pregunto qué piensa, qué siente y me compadezco a mi, viéndola a ella. 

Salgo. La cuenta aún tiene un poco más para terminar este mes que se ha vuelto interminable.

Regreso, me encierro.  Estas cuatro paredes, verdes y frías, hoy son hostiles. 

Callo, termino con los papeles y las respuestas que tengo sobre el escritorio y me enfrasco otra vez en la lectura.

Termino la jornada sintiéndome gris por dentro.  No entiendo que me pasa y ni siquiera es temporada hormonal para echarle la culpa. 

Un minuto, un segundo indescifrable da paso al torrente. Me rebalso.  Las gotitas saladas acuden una a una y no puedo detenerlas, no sé como.

Lloro por mi, por este pedazo de vida que dejo encerrada en un edificio sombrío.  Lloro por mi libertad perdida y mis alas cercenadas, por mi temor a salir corriendo.

Lloro por el miedo a perder mi miseria, por el payasito de manos frías y la cajera. 
Lloro por el cadáver de una bebé que nunca he visto, por una asesinada, por otra desaparecida.

Lloro por los golpes ocultos, por la sangre muda que se ha quedado prendida en casas y en paredes.

Lloro por los niños que ven sufrir a la madre y por la madre que se deja mutilar para proteger a sus hijos.  Lloro por los trabajadores de maquilas, por mi vecina abandonada. 

Lloro porque no me caben tantas injusticias en los ojos y la indiferencia se sigue interponiendo.

07 octubre 2011

Panfleto de la corteza-coraza

Hoy me cuesta respirar.  Este día es dístinto, esta corteza pesa más.  Me gustan los días en que soy capaz de levantarla en la madrugada, cargar con ella directo a la regadera y poco a poco dejar que se disuelva bajo el agua. Cinco segundos de libertad, sola yo con el agua tibia corriendo por la espalda. No importa si luego la coraza vuelve a crecer, enraizada en mi propia piel y apropiándose de mi cuerpo, ciñendo cada centímetro de lo que soy.

No me dí cuenta cuándo empezó a crecer esta piel nueva sobre mi propia piel, creo que fue cuando nací y el doctor le dijo a mi mamá "es una nena" sin poder ocultar un dejo de compasión en su tono condescendiente.  Puede ser que empezó a crecer la corteza junto a mi piel, el día que mi papá vio el ultrasonido y sólo pudo comentar "estas cosas no siempre resultan ciertas", como si mi sexo fuera una enfermedad que impedía mostrarles al hijo que siempre desearon.

Puede ser que haya nacido libre, sin la gruesa y áspera capa que me recubre.  Tal vez la corteza empezó a crecer conmigo, cada vez que un juego era negado por mi condición.  Las rodillas deben haber sido el primer espacio de mi cuerpo en tener corteza, porque tenía prohibido causarme raspones, eso me impediría lucir una linda minifalda cuando creciera.  Puede ser.  Nunca me pregunté cuándo apareció la corteza y aunque siempre me ha molestado, los intentos por cortarla me han dejado agotada. 

Hubo una época en la que despertaba sin coraza, es cierto.  Podía ir desnuda al baño, cerrar los ojos y seguir pensando sin restricciones. La corteza no apretaba.  Aparecía a la hora de vestirme para ir a la escuela y se disimulaba entre la falda paletoneada y las calcetas altas. Picaba.

Las coletas sólo agravaban la picazón en la cabeza. Yo quería la cabellera indomable de Damián, el chico rudo de kinder. Nunca pude tenerla, porque las coletas se encargaron de domar los instintos subersivos de este cabello imposible.

En primavera la coraza se desgaja, empieza a perder capas, como un árbol seco. En invierno se vuelve dura y ciñe aún más.  Puedo imaginarme vivir sin coraza, pero necesitaría estar desnuda y eso resulta más bien imposible, como vivir sin miedo. 

Viviendo bajo esta corteza, estoy protegida. Todos me ven, pero nadie me conoce.  Tengo además las gotas tibias que se diluyen en mi piel y me dejan sentirme.

¿Debo agradecer a la corteza ese momento de felicidad, pues si ella no existiese yo no podría percibir ese pequeño goce y me perdería en la liviandad de un mundo desenfrenado que quizá no pueda enfrentar?  Talvez si mi sexo se hubiese revelado distinto, esta corteza no tendría necesidad de ser y yo podría sentirme libre de andar desnuda.

**Coraza y corteza son dos palabras que involuntariamente se cruzaron y no quise cambiarlas porque me parece que se filtraron a propósito

11 mayo 2011

Misho

Pequeñas rocas saladas se deslizaban entre sus dedos. Una tras otra, en espiral permanente, como si los pensamientos las guiaran en sucesión interminable.  La mano que las sostenìa, morena, pequeña, rugosa, llenaba los ojos de Misho, los entretenía con el baile cadencioso de los dedos, girando. 

Una idea tras otra aparecía en la mente del adolescente y aunque los ojos permanecían fijos en los movimientos de su mano, el cerebro cabalgaba sin descanso, sin revelar lo febril de las ideas que lo atormentaban.

Eran casi seis ciclos de esperar los siete dìas más largos.  El `"mìster" era el visitante no deseado que Misho querìa evitar siempre y muy a su pesar, seguìa recibiendo año tras año.

En la aldea, nadie entendìa por qué Misho se ponìa colorado cuando mencionaban al "míster".  Las comadres y  tías pensaban en lo afortunada que era Yoqui, mamá de Misho porque el visitante era cliente seguro del restaurante cada semana santa y consumía lo que diez clientes locales, aparte de la propina que convenientemente aportaba para tener a Misho como guìa turìstico permanente.

Los ojos de Misho, siempre tranquilos en su pasividad color de caña no delataban el odio que sentìa por el extraño.  Ya no recordaba cuando llegó por primera vez. Sabía que tuvo que ver con unos platos voladores de colores brillantes que le dieron notoriedad en la escuela. Y la sonrisa de su mamá.  Eso era inolvidable. Los azotes se acabaron casi por un mes cuando Misho le entregó el dinero pagado a cambio de su compañìa.

El trato era este: cuando el "mister" llegaba a la aldea, requería inmediatamente la presencia de Misho. Lo recogía en el restaurante entre nueve y diez de la mañana. Desayunaban juntos y luego se alejaban al mar. Misho lo acompañaba en la lancha para pescar, en compañìa de un vecino que por diez dòlares diarios divagaba voluntariamente con la vista  fija en el motor.  El "mister" pescaba, pero muchas veces pedía a Misho el auxilio de sus manos para aliviarse la espera con caricias prohibidas. El niño vomitó las primeras veces, provocando una estruendosa carcajada y muchas caricias indeseadas en la espalda inocente.  Luego de la "pesca" regresaban al restaurante.  Todas las comidas eran pagadas religiosamente y en abundancia. La mamá de Misho no entendìa por qué el pequeño no comía casi nada.

La tarde era peor, Misho desaparecía bajo el brazo del extranjero que, con apariencia fraterna, escondía las ansias que lo obligaban a peregrinar a esa playa desconocida cada verano. El destino era el "bungalow" que, convenientemente alejado, escondía la verdad. Aparentemente Misho acompañaría la soledad del turista, y éste había logrado abusar del niño cada día de los siete que anualmente dedicaba a "veranear" en la aldea.

Cada noche concluía con algunas cervezas. Misho escuchaba el desentonado canto del sujeto, mientras movía rítmicamente la hamaca hasta que la noche le daba libertad para rodar inconsciente por el piso. Dormía sin sueños, por el puro temor de recordar.

Misho presentía las fechas.  Empezaba callado y terminaba gritando por dentro. Los ojos curiosos que a los seis años llamaron la atención del turista, poco a poco se volvieron transparentes: miraba sin mirar.

La asquerosa rutina se repetía año tras año. Misho nunca dijo nada, prefería llorar escondido que borrar la sonrisa de su mamá, que parecía encontrar felicidad en el manojo de dólares con que finalizaba el feriado.

Cuando la semana terminaba, el "mister" se despedía con lágrimas en los ojos, fundiéndose en un abrazo con Yoqui, que le recordaba lo bien recibido que siempre era por ahí.  Misho, obligado por la madre, esperaba parado con la cabeza baja.  Cuando finalmente la lancha desparecía, Misho corría por la playa, sin pensar en nada, sintiendo que la arena quemaba sus pies y deseando que todo su cuerpo fuera consumido por igual.

No se detenía hasta que encontraba una orilla rocosa y solitaria que poco a poco convirtiò en refugio.
Se sentaba con las pequeñas rocas y encontraba un poco de paz en el baile silencioso de las piedritas rodando por su mano, cuando las lágrimas le vaciaban el alma.


Hace dos días que la semana santa terminò.  El ruido de la multitud escondió otra vez el sufrimiento de Misho.

Misho está solo y los pensamientos lo torturan. Se ve a sí mismo sin quererse ver, no alcanza a sentir  tristeza porque el odio lo revuelca. Sabe que ya terminó, que tiene casi un año de libertad, pero once meses y tres semanas no son suficientes para ser libre.  Sus recuerdos seguirán causándole ese dolor tan familiar en el estómago y la diarrea incurable que sigue a la pascua. Se verá otra vez en el espejo deseando ser transparente pero seguirá siendo el Misho de siempre.




Misho vino a mi una tarde de abril. No sé si la historia me la inventé o me encontró. Al principio le fabriqué una muerte. Pero la muerte a veces es libertad y hay Mishos que nunca la conocen.

¿Te apuntás?

Mi foto
Si pudiera dejar de escribir, seguramente lo haría. Mis otros blogs: lilianavillatoro.wordpress.com oracogeecocaro.blogspot.com eldecalogodelciempies.blogspot.com